lunes, 5 de marzo de 2018

Táctica y estrategia

Memoricé el poema casi tan pronto como llegó a mí en esa deslumbrante clase de literatura en la preparatoria. No fue difícil, son sólo unas pocas líneas llenas de falsa esperanza. Y mientras lo leía y lo pensaba, deseaba que a mi vida algún día llegara esa especial mujer que de mí se enamorara mientras me iba conociendo.

En la ignorancia de la juventud, de la adolescencia, demasiado condimentada por la falsa idea del amor que en los medios nos dieron a mamar, creí que aquel poema de Benedetti era la perfecta definición de un amor bonito, ese de perseguir a la chica bonita, quien a pesar de la pequeñez de nuestra existencia terminará enamorada de nosotros. Porque el amor es hermoso.

A pesar de mí, más de una vez abordé a una mujer que me atraía físicamente, una chica de rasgos agraciados, sólo eso, para poco después desencantarme ante lo nulo de mi avance y lo insípido de su persona más allá de la belleza de su rostro. No iba a ser yo como el protagonista de aquellas películas.

Muchos años después todo eso pasó sin querer, sin tener una imagen de revista frente a mí sino a una persona común.

Entonces fue que sin querer aprendí cómo era y al paso de las semanas me enamoré perdidamente de ella, de a poco, después de haberle hablado y escuchado tantas horas, construyendo sin darnos cuenta ese puente indestructible con cimientos de franqueza exenta de simulacros. Nos instalamos mutuamente en el recuerdo del otro el día en que empezamos a necesitarnos, a buscarnos, a disfrutarnos, para luego dejar atrás los miedos que nos impedían darnos un abrazo eterno lleno de besos insaciables.

El amor lindo llegó, sin tácticas ni estrategias, cuando no pensé en querer impresionar a nadie fingiendo que era yo mismo.


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