miércoles, 24 de enero de 2018

Cómo estás querida amiga...


Cómo estás querida Karla, mi queridísima amiga. Sabes, te extraño más de lo que debería. No sé si es porque entre nosotros se dio una mágica conexión que nos unió en nuestras soledades y en nuestro dolor, en nuestros recuerdos dormidos, en las palabras que necesitaban salir y que encontraron una paciente escucha (lectura) tras una pantalla de whatsapp; o sólo es el hecho de que llegaste a mí cuando la mujer de mi vida me dejaba en pausa, yéndose sin decir adios, admitiendo deudas que no necesito que pague a la distancia.

Con la añoranza de que estuviéramos más cerca uno del otro, para tomarnos un café, una cerveza, tú vodka yo ron, para seguir hablando y escuchando a la gran amiga que el internet me obsequió. 

Sabes, aunque es magnífico poder hablar sin aparentes restricciones con alguien que te escucha y que te permite desahogarte, con quien crees que puedes ser totalmente honesto y abrirte sin importar nada, y aunque este amigo luego de escucharte te diera el mejor consejo con la mejor intención, creo que nadie podría colocarme ni siquiera a unos pocos kilómetros de donde me ha situado el terapeuta. Nadie podría mostrarme al verdadero Gildardo, nadie podría sacar ese espejo donde me he reflejado con mucha más vergüenza de la que imaginaba. Nadie tendría las herramientas para interpretar mis palabras y ponerme en contexto.

Sé que he tenido suerte. Eso creo. El mismo psicólogo me habló desde un principio de la enorme cantidad de colegas suyos que siguen protocolos que él considera irrespetuosos hacia el paciente, de las muchísimas terapias erróneas que se van repartiendo por ahí. Y yo que no sabía un carajo, creo que estaría perdiendo el tiempo imaginando que hacía algo benéfico. 

Ha sido difícil. Ha sido doloroso. Pero también ha sido satisfactorio. Y aunque muchas veces me retiro del consultorio con lágrimas en los ojos, alguna que otra vez salgo con una sonrisa en la cara y una luz por dentro. 

Leí por ahí una frase de Jung que dice que lo que aceptas te transforma. Estoy conociendo al monstruo –a Mirella no le gusta que me refiera con esa palabra : )–, para un día poder tomarlo de la cabeza, acariciarlo incluso, y ser capaz de ser más fuerte que él, y que podamos convivir. 

Te extraño pero me da tanto gusto saberte feliz. Ya sabes que aquí estoy, para cuando se ofrezca. A un click de distancia.

Y fíjate, en un mes cumplo un año de terapia. Creo que vale la pena.