martes, 21 de noviembre de 2017

Retrasado



Mis lectores más antiguos, que no viejos, saben que era yo un niño muy aplicado para la escuela, un chamaco con puros dieces en su boleta de calificaciones y diplomas de primer lugar por aprovechamiento escolar. El alumno predilecto de toda profesora. Por tal motivo, mi fotografía siempre aparecía en el “cuadro de honor” de mi grupo, en el patio de la escuela, junto a todos los otros “mataditos” del lugar.

Pero había otro espacio donde mi nombre aparecía resaltado del resto del grupo, en este caso sin fotografía; una lista más bien vergonzosa, que hacía un contraluz risible vista junto a la otra: la lista de impuntualidad. Los más impuntuales del salón.

Cada mes mi nombre tenía cuatro o cinco puntos por haber llegado muy tarde. Porque siempre llegaba tarde a la escuela pero sólo nos contabilizaban los días en que llegábamos diez minutos después de la hora estipulada. Mi madre siempre ha sido impuntual, así que siempre llegábamos tarde a todos lados.

Ahora, tengo la impresión de que llego tarde a todos lados, de que voy retrasado por la vida.

Cuando era niño me di cuenta de que mudé mis dientes mucho después que mis hermanos y compañeros de escuela. Tuve sexo por vez primera después de haber cumplido veinte años y le di un buen beso a una chica sólo algunos meses antes. También comencé a leer con regularidad hasta que tuve esos –ahora lo pienso– míticos veinte años. Igual, el descreimiento religioso apareció al comenzar los veintes. 

Lo que acabo de enumerar es más una broma, aunque dicen que todas las bromas tienen algo de verdad. Lo que realmente me hizo pensar en este retraso (no mental) mío son los años que tuvieron que pasar para que me pusiera a escribir. Pienso en el progreso que pude alcanzar de haber visto que era algo que me apasionaba y me llenaba muchos años antes, o en qué hubiera pasado si hubiera estudiado letras, porque soy consciente de que escribo bien sin haber tomado nunca un curso de escritura o cosa parecida. Y me frustra un poco. Incluso el terapeuta me preguntó por qué no había estudiado letras o literatura cuando dice verme un claro perfil de escritor.

Dice el PMP (Pensamiento Mágico Pendejo) que todo llega a su tiempo y que las cosas pasan por algo. Pero eso no me sirve. Aunque esto sólo pasa cuando me cubro con mi cobija pesimista y pienso pendejadas. Estériles pendejadas. Quisiera creer que a todos nos pasa. Mal de muchos...

Luego está la terapia. Mi buen Odin Dupeyron dice que fue a terapia a los veintiún años: yo llegué a los treintaisiete. ¡¡¡Puuuta!!! Un abismo después. Y aquí vienen recriminaciones más fuertes y traumantes: qué hubiera pasado si hubiera llegado al diván algunos (al menos diez) años antes. Quién sería ahora. ¿Sería más feliz? Sería capaz de convivir conmigo sin boicotearme.

Sólo son pensamientos. Pero no puedo evitar pensar, aunque la mayoría de las veces sean sólo pendejadas. Pensar que voy retrasado, por ejemplo. Pensar porqués incoherentes. Pensar, aunque pensar pueda ser tan dañino como necesario.